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Hablando 'pestes'

Hablando pestes

(Adaptación de un fragmento de El Decamerón)




En Florencia, Italia, hace 700 años...

Llegó la mortífera peste, que había comenzado algunos años antes en Oriente, donde mató a muchas personas y continuó sin descanso de un lugar en otro hasta extenderse a Occidente. empezando por Italia.
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Ideas medievales acerca de las causas de la pandemia europea del siglo XIV

"Enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección"

"Por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas"


Contra la peste, no valían ni la limpieza de la ciudad (ordenada por las autoridades), ni la prohibición de entrar en ella a todos los enfermos; tampoco los muchos consejos dados para conservar la salud, mucho menos las miles de súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas, ya sea en procesiones o de otras maneras.


TOC: obsesión por la limpieza 




Casi al principio de la primavera la peste empezó horriblemente y de manera asombrosa a mostrar sus dolorosos efectos. Pero no era como en Oriente, donde salía sangre de la nariz, lo cual era manifiesto signo de muerte inevitable. En Florencia, al comienzo de la enfermedad, nacían en varones y hembras, en las ingles o bajo las axilas, hinchazones que solían crecer hasta el tamaño de una manzana o de un huevo, algunas más y algunas menos. Eran llamadas bubas por el pueblo.

A los pocos días, la pestífera buba comenzaba a extenderse a cualquier parte del cuerpo. Cuando eso sucedía, la enfermedad cambiaba: manchas negras o lívidas aparecían a muchos personas en los brazos y muslos, o en cualquier parte del cuerpo, a unos grandes y raras hinchazones y a otros menudas y abundantes. Y así la seguía siendo indicio certísimo de muerte futura.


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Para curar tal enfermedad no parecía que valer consejo de médico o medicina alguna, esto por la misma naturaleza desconocida del mal, cuya cura no existía, o por la ignorancia: proliferaban personas que aconsejaban sin tener conocimiento alguno de medicina.

Eran pocos los que se curaban. Casi todos, antes del tercer día de la aparición de las señales antes dichas, antes o después, y sin alguna fiebre u otro accidente, la mayoría moría. 

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El contagio de la peste


Esta pestilencia tuvo mayor fuerza porque los que estaban enfermos se abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, como hace el fuego sobre las cosas secas y engrasadas cuando se le aproximan mucho.

Y más allá llegó el mal: no solamente el hablar y el tratar con los enfermos era motivo contagio y muerte, sino también tocar la ropa o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por los enfermos. 😢😢

Pero será asombroso lo que diré a continuación, que apenas creería si no lo hubiese visto por mis propios ojos y por los ojos de muchos: 

La pestilencia no solamente pasaba del hombre al hombre. Un día, estando los restos de un pobre hombre muerto de peste arrojados en la vía pública tropezaron con ellos dos puercos que comenzaron a tirar de sus mejillas inertes primero con el hocico y luego con los dientes. Un minuto después, los cerdos se retorcían como si hubieran tomado veneno hasta que ambos cayeron muertos sobre los maltratados despojos.


La gente

Casi todos los que quedaban vivos se inclinaban a un remedio muy cruel, como esquivar y huir de los enfermos y sus cosas. Al hacerlo, cada uno creía que conseguía la salud para sí mismo. Pero también nacieron miedos diversos e imaginaciones a partir de tales cosas, y de bastantes más semejantes a éstas y otras todavía peores.

Algunos apostaban por vivir moderadamente y ahorrarse todos los gastos y actividades superfluas. Así, con su familia o allegados, vivían separados de todos los demás, encerrados en casas donde no hubiera ningún enfermo. 

Una vez alojados en un lugar seguro, evitaban el exceso de comidas exquisitas y de óptimos vinos, no le hablaban a nadie ni se enteraban de noticias acerca de muertos o enfermos. Pasaban el tiempo de encierro tañendo instrumentos y entreteniéndose con diversas actividades.

Otros, inclinados a la opinión contraria, afirmaban que la medicina para tanto mal era el beber mucho y el gozar y andar cantando de paseo y divirtiéndose y satisfacer el apetito con todo aquello que se pudiese, y reírse y burlarse de todo lo que sucediese.

Tal como lo decían, iban de día y de noche a esta taberna o a la otra, bebían sin moderación y hacían las cosas que les servían de gusto o placer. Todo ello podían hacerlo fácilmente porque muchas casas estaban abiertas de par en par y se habían hecho comunes, por lo que las usaba cualquier extraño.

En tan gran aflicción y miseria de la ciudad, las leyes humanas y divinas estaban caídas y deshechas por sus ministros y ejecutores, porque, como los otros hombres, estaban enfermos o muertos o se habían quedado sin asistentes y no podían hacer oficio alguno. Todo el mundo podía hacer lo que le diera la regalada gana. 




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